Nuevas (y viejas) sensaciones
La única forma que conozco de combatir el miedo escénico es subiéndome al escenario. Me haría un estudio neurológico si fuera posible, porque cuando estoy frente a un público (da igual si son 5 o 5000), parece que la densidad del aire cambia: el aire pasa más espeso por la garganta, las cuerdas se vuelven más cortantes al tacto. Cuando soy consciente de lo que éstá pasando, todo ello es un combate físico, y cuando voy venciendo el miedo la violencia del esfuerzo convierte todo lo que hago en epiléptico. Me siento torpe y fuera de control, aunque tanto peligro tiene ese lado agradable que me acaba de descolocar.